Friday, October 14, 2011

Sangre y Semen


Su fluir decide el rumbo de la existencia. Son los líquidos del amor y la muerte, de la vida y la guerra.
En otro tiempo, se contaron bajo los nombres de Ares y Afrodita.


Él, el dios de la guerra. Ella, la divinidad que nació del esperma de Urano.
Batalla y amor, sangre y semen. Ares y Afrodita se hicieron amantes, porque, antes y después de matar, hay que follar.


En las civilizaciones preindustriales, sangre y semen recibían características mágicas.
Se atesoraban, se vertían en codiciados cálices, se bebían, todos llenos de hemogoblina y lefa, queriendo retrasar el reloj del tiempo a través del ritual.


Mucha sangre trae la muerte. Mucha eyaculación se siente como morirse un poco y vivir de nuevo.


Para los vampiros, no hay diferencia. Tengan la boca roja o blanca, se lo han pasado bien de cualquier manera.
La sangre es la resurrección y la vida; el semen, el billete al Paraíso.


Dicen que la Historia del Arte se puede resumir en sangre y semen, Ares y Afrodita.


A lo largo de las expresiones artísticas del ser humano, hay dos motivaciones elementales, dos deseos ancestrales: la lucha y el amor.
El arte se rinde a contar las guerras, a gritar por la revolución, a llorar los funerales, a clamar los cielos, a narrar tiroteos, a derramar derrotas.


Y también el arte nace del amor prohibido, del deseo incalculable, del orgasmo perseguido, de la satisfacción buscada.


En toda obra que se precie completa, deben fluir ambos líquidos. Es decir, hay que escribir con mala sangre y bien corrido.


En nuestra sociedad, obsesionan tanto como espantan. Son las manchas incorrectas.
La sangre indica problemas, agresiones, la huella del asesino.


Mientras, el esperma supone risita nerviosa para muchos, asco para otros tantos y una obscenidad según el diccionario de tabúes.
Quizá precisamente por ello, gusta ver sangre y esperma, disparados a chorro y bien espesos, para satisfacer el morbo propio y ajeno.


Cuanta más sangrienta sea la película, más tendremos ganas de verla.
Quizá cuando salgamos del cine y volvamos a casa, querré correrme en tu cara. Sin duda, el más bonito cuadro que jamás pintaré.


Con la sangre, se identifican las familias. Con el semen, se construyen.
De ahí, su sacralización y la obsesión legendaria que despiertan. Unen a los seres humanos y deciden sus pertenencias, relaciones y patrimonios.


La ciencia identificó a los glóbulos, plaquetas y espermatozoides, mirados a través del microscopio, sin género de duda.
Un análisis de sangre puede averiguar que hubo una leche incorrectamente dirigida. No eres su padre, no puedes tener hijos, estás gravemente enfermo.


Los líquidos sagrados ahora son cosa de historiales clínicos y medidas de buena salud.
Afrodita y Ares, el semen y la sangre, tan atrapados en la economía, tan pendientes del pronóstico, casi como nosotros mismos. Encerrados.


¿Será este el día para invocar su antigua fuerza?
Venid a mí, fluidos que andáis por mis venas y mis huevos. Sacros y paganos, sois los líquidos que me hacéis frágil, mortal y tan poderoso.
Con mala sangre y bien corrido, hoy escribo. Y andar el camino del amor y la muerte, así decido.

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