Monday, October 24, 2011

El Director Es La Estrella


Maestros del séptimo arte o artesanos de la escena, ¿quién teme a los directores de cine?
Lo que deben hacer en una película podría resumirse en dos misiones: puesta en escena y dirección de actores.


En medio, el estrés del rodaje, las presiones económicas de los productores y las demandas de cada miembro del equipo.
El director termina por ser el papá de las películas. Se le discuten sus decisiones, se le echa la culpa por los desastres, pero todos siguen con obediencia el paso que marca.


Desde los orígenes del cine, los actores han sido la gran atracción, pero pronto surgían directores con firma personal, que llegaban a ser muy populares.
Frank Capra, John Ford, Ernst Lubitsch o Alfred Hitchcock se hacían expertos de un género determinado, lo explotaban a conciencia y desplegaban un estilo propio, cada vez más poderoso.


Los directores europeos emigrados a Hollywood durante la Segunda Guerra Mundial potenciaron ese rumbo artístico, que vivió siempre en contradicción con los intereses industriales.


Sería en la Europa de los sesenta, donde el director se convertiría en sumo sacerdote.
Es el que se proclama como el autor de sus películas. Por tanto, la mayoría de las veces, es también el escritor y guionista de lo que rueda.
La marca de estos realizadores no se queda en insinuación. Es directa, se imposta.


Se corre un riesgo. Los directores-autores se entusiasman por las atmósferas, se recrean en decorados, se detienen una y otra vez.
Sus decisiones son, a veces, inexplicables. Ellos se escudan en la metáfora, contravienen las reglas básicas de la narrativa y juegan a lo desconcertante.
Es lo que explica que el cine de autor parezca aburrido y extravagante, especialmente para el gran público.


A los autores no se les contesta, y de ahí nace el peligro de la autoindulgencia, en el que han caído muchos de los proclamados artistas del celuloide.


En cualquier caso, desataron al séptimo arte de tanta atadura y lo curaron de tanta esclerosis que su importancia sigue siendo incalculable.


En la actualidad, perviven tanto directores impersonales como voces con pretensiones creativas.
En este sentido, hoy compararemos dos títulos, vistos durante los últimos meses: "Captain America: The First Avenger", de Joe Johnston, y "Drive", de Nicolas Winding Refn.


En "Captain America", el director no es la estrella.
La atención está en la maquinaria de superproducción hollywoodiense, que ofrece su tradicional plato de acción y aventuras, con buenos, malos, batallas y amoríos.
Es una película de toda la vida, hecha a escuadra y cartabón. Resulta muy agradable, incluso bonita en ocasiones.


A Joe Johnston no se le nota.
Lo suyo es la dirección invisible; un señor de gusto y oficio, que hace bien su trabajo, pero al que no se nombrará en ninguna enciclopedia.


"Captain America", 'toyetic', fácil de entender, findesemanesca, no cuenta nada nuevo, pero es mucho menos vil que otros productos de su línea.
El director no será ninguna estrella, pero sí es el gran responsable del buen proceder.


Por el contrario, Nicolas Winding Refn, el director de "Drive", es una diva total.


El argumento de "Drive" no es mucho más complicado que la trama de "Captain America".
Al final, cuentan lo mismo: la necesidad de agarrarse el paquete, armarse de valor y salir pegando tiros.


Si en "Captain America", es todo por la patria, en "Drive", todo por la chica.
Pero "Drive" tiene una intención artística, no comercial. Pretende ser única, y no derivativa. Y su director es la estrella, porque es el estilo lo que la define.


Se vive como un lacónico neo-noir, plagado de suntuosas imágenes.
Y, como la mayoría de las películas de autor de los últimos tiempos, todas sus escenas están trufadas de memorabilia y referencias audiovisuales.


"Drive" asume su condición de pastiche y parece encantada de sí misma.
En un momento cumbre, el personaje se coloca una máscara y la acción se mueve a ritmo de "Oh, My Love", torch song deliciosamente incongruente con el inminente estallido de violencia.


"Drive" alumbrará más de una discusión cinéfila. Hay quien la verá gloriosa, y otros la considerarán una vacuidad muy bien fotografiada.


En "Captain America" y "Drive", se dilucidan las bondades y defectos de las dos razas de director.
El artesano de la primera es capaz de ofrecer un entretenimiento válido, mientras el artista de la segunda se aventura por hipnóticos terrenos visuales y narrativos.


Pero "Captain America" no aporta más que a sí misma, cuestión que la hace olvidable, descartable, reemplazable.


Y "Drive" está dirigida con tal aire de superioridad sobre lo que está contando, que resulta gélida, extraña y provoca una sensación de frustración en el espectador.


¿La novedad?
Ahora ambas son consumidas a la vez, sin discriminación, por este nuevo público, friki y cibernético, que come cine y series a dos carrillos y demuestra una memoria de pez.


Se ha llegado al punto donde hasta el título más bizarro puede encontrar un amplio espectro de espectadores y asegurarse una buena taquilla.
En cambio, que deje verdadera huella en esos espectadores, tan glotones y amnésicos, se hace difícil.


La distinción entre cine comercial y cine artístico, que antaño tenía hasta implicaciones ideológicas, ahora es puramente circunstancial.
Porque nos pueden aburrir las dos películas, nos puede encantar una más que otra, opinaremos sobre ambas, quizá las olvidemos, quizá no veamos ninguna. Da igual.


Sus directores, sean dioses o hormigas, ya están pensando en la siguiente.

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