Friday, November 4, 2011

Ricos y Pobres


Enseña el mundo que existe un camino entre el abrigo de visón y la caja de cartón.
En la riqueza y en la pobreza, desde el hambre hasta la prosperidad; así se cuenta la vida de los seres humanos, en sus esquinas y a través de sus historias.


Hubo ricos y pobres desde que el mundo empezó; fueron aquellos que llegaron antes y aquellos que se quedaron atrás.
No hubo segundos episodios, ni repartos, ni rectificaciones. Unos comen, otros no.


El dinero no da la felicidad, rezan los eslóganes de la caridad cristiana. Esa que nos contó que el hijo de Dios murió pobre y sin abogado.
Puedes darte por satisfecho. Tu alma valdrá más que tu bolsillo, sea cual sea su peso.


Pero siempre preferiremos llorar y sufrir dentro de una limusina que a la intemperie invernal.
Porque el dinero valora la vida y la permite.


Con las cuentas saneadas, se pueden hacer cosas bonitas, descubrir el mundo y disfrutar de un buen seguro de salud a todo riesgo.
Sin oro, sobrevivir es la única conjugación posible.


En "La Regla del Juego", aparece la realidad: los pobres quieren ser ricos y los ricos no tienen ningún interés por los pobres.


En realidad, ni los oyen.
Son como moscas molestas, que les dan tirones de pelo mientras los peinan, tocan la puerta en Navidad y gritan "¡¡Viva la señora marquesa!!" cuando se les hace un regalo.


Dice la moralina que los ricos tienen mucho que aprender de los pobres, esas almas que se ganan el Cielo simplemente por sus vales de sufrimiento.
Pero la pobreza da miedo, porque nunca fue noble. Se esconde y repta para robarte lo tuyo y salir corriendo.


La aporofobia es la fobia social por excelencia.
Antes que por racismo, se odia a los distintos porque traen su pobreza hasta los inmaculados felpudos de Occidente.


En otros tiempos, las medidas sociales y caritativas fueron posibles gracias a ese pavor, de manera paradójica.
Sucedía a finales del siglo XIX, cuando las clases altas leían "Oliver Twist" y se meaban encima ante el retrato dickensiano de los barrios londinenses, trufados de unos delincuentes que se asemejaban a piratas.


Era necesario dar esperanza a los que no tenían nada que perder. Con un plato humeante garantizado por el Estado, quizá se sacarían el sable de la boca.


Hacerse millonario es el sueño con el que despertarse.
Pero nadie duda de que tenerlo todo significa no desear nada. En ocasiones, conduce a la desesperación, la apatía, la búsqueda de la emoción en el delito y la explotación de otros para solaz propio.


En la ficción, se suele retratar a los ricos como unos caprichosos, aquejados de una grave obsesión por dar imagen de elegancia y limpieza.


Prefieren responder desde la distancia, tratar de usted y esconder sus trapos sucios frente a detectives privados, aguerridos periodistas y otros agentes de la evidencia.
Antes muertos que dudosamente impecables.


Dicen que los pobres no se rebelan ante los opresores de cóctel y spa porque no han descubierto su conciencia de clase.
Si se dieran cuenta de que unidos vencerían, a través de astucia, terror y frenética sonrisa desdentada, mañana las mansiones serían suyas.
Pero ellos no piensan en revoluciones, sólo en cómo terminar el día.


Muertos de hambre hay muchos. En países que lo prometen todo, es donde más abundan, arrumbados en parques de caravanas, barriadas y tristes registros sociales.
Abultan, crean problemas, llenan las cárceles. La vida de los pobres es una mierda que nadie quiere inclinarse a oler.


Pero, oh, llegó el colapso, ganó la crisis. ¿Seremos nosotros pobres? ¿Viviremos un remake de la Depresión?
Con lo que adoramos un revival, que sea con todas las consecuencias. Cartilla de racionamiento, cigarrillos sin filtro para acallar el estomágo y sueños de gangsterismo.
A vender Biblias, engañar los caminos y ver películas escapistas. Desclasados, como Mildred Pierce y Godfrey Parke.


En tiempos como este, sale a la luz la mayor mentira, esa de que todos pertenecemos a la clase media.
La clase media es la mentira en sí. Se cuenta con casas, coches y súpermercados; los conseguimos y nos creemos felices, poderosos, ricos al fin.


Pero vivir de hipotecas, préstamos y bancos nunca significó riqueza, sólo estar hasta el cuello.
La soga no se nota en bonanza, pero deja la marca de su trazada cuando las cifras no salen.


Entonces, nos damos cuenta.
No habrá segundos episodios, ni repartos, ni rectificaciones. Unos comerán, otros no.
En el camino del abrigo de visón a la caja de cartón, nadie se libra de la cara y la cruz de la vida, todos por siempre temerosos, pendientes del hilo de los que son realmente ricos.


En la Historia y las historias, descansa una verdad: se salvará el que corra más.

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