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Tuesday, December 20, 2011

Polémica y Genitalia de "Calígula"


Se la coloca en los anales de la infamia cinematográfica, pese a que su impacto y capacidad de influencia hayan sido irrebatibles.
Hablar de "Calígula" es recordar una obra altamente controvertida, cuyo monumental derrumbe aún hace temblar a sus responsables.


En 1979, rodeada de expectación, vestida de carísima extravagancia, "Calígula" llegaba para romper tabúes fílmicos.
Se hacía posible que una película protagonizada por actores de renombre no dejara nada a la imaginación.
El resultado fue una superproducción pornográfica, donde la historia del emperador romano se contó con decadentismo e imágenes de sexo y violencia.


Detrás, se encontraba Bob Guccione, el fundador del emporio "Penthouse".


Guccione decidió comprar el guión de Gore Vidal, con la condición de que la biografía del emperador fuera lujosa, obscena y bien llena de tetas.
Tinto Brass fue su director elegido.


Los problemas comenzaron con la espantada de Vidal.
El guionista exigía judicialmente que se le desvinculara del proyecto, escaldado por el pésimo resultado de la adaptación de su novela "Myra Breckinridge".


Cebado de millones provenientes de la fortuna personal de Guccione, el larguísimo rodaje se vivió a puerta cerrada.
En el set, los conflictos entre el pornógrafo Guccione y el erotómano Brass resumieron la falta de rumbo desde el primer día.


El productor terminaría por robarle la película al director.
Guccione filmó unas escenas de sexo explícito ajenas al argumento y montó el resultado sin el consentimiento de Brass.
Éste se apresuraba a exigir que su nombre no apareciese en créditos.


El estreno, dos años después del fin del rodaje, despertó una curiosidad inmediata, pero no evitó que semejante coloso fuera un fracaso comercial.
La película independiente más cara realizada hasta entonces, "Calígula" no pudo amortizar su insensato presupuesto.
Aún así, batió récords de asistencia en las salas que se atrevieron a proyectarla.


Reeditada mil veces, censurada otras tantas, prohibida en algunos países, "Calígula" fue odiada y vilipendiada casi de manera únanime.
El público se debatía entre el desconcierto y el asco.
La más famosa reacción fue la del crítico Roger Ebert. Se marchó de la proyección antes del final, para luego escribir que aquello era "una basura vergonzosa y enferma".


"Calígula" cuenta los sanguinarios días del emperador Gayo César Germánico.
Se ilustra al emperador como un niñato incestuoso y sádico, que convierte la corte en su perverso patio de juegos.


Conseguir el poder acelerará su locura, nombrando cónsul a su amado caballo y dedicándose a ridiculizar, martirizar y ejecutar sin ton ni son, sin más rumbo que el placer.
El palacio devenido en burdel sería su lamentable legado, justo cuando se cocía una conjura que terminaría por ajusticiarlo.


Que Calígula fuera ese señor tan malvado es un asunto de franca discusión histórica. Las crónicas que recogen sus brutalidades pudieron ser mala prensa, ideada por sus adversarios.
Además, la visión de Roma como un putiferio sin reglas es equivocada, fruto de esa indocumentada visión de que el sentido del escándalo y las leyes de la moral fueron cosa del cristianismo.


En cualquier caso, el guión de Gore Vidal expresaba el devastador efecto de la divinización propia y asistida de un hombre.
Pero Guccione no lo entendió demasiado bien.
Como dijo Tinto Brass, "Guccione ha confundido la orgía del poder con el poder de la orgía".


A pesar de todo lo que hemos visto, "Calígula" sigue manteniendo su impacto a todos los niveles.
Es una película notoriamente errática, esporádicamente insoportable, absolutamente fascinante.
Un desastre con un toque de gloria, como si fuera el mismo Imperio que retrata.


La película llega a inmiscuirse en unas escenas de vileza que terminan por hacerla más deprimente que erótica.
Muy dura es la repetida humillación de Proculus, violado y martirizado por el emperador, simplemente por ser bueno y leal.


Trae la imagen de la indefensión frente un poder arbitrario, sanguinario e inapelable.
Esas secuencias resumen la naturaleza aberrante, casi vomitiva de "Calígula", y también su distinción.
Para bien o para mal, es una película inolvidable.


"Calígula" se mueve irregular y suele caer en el tedio.
Pero su última parte es maravillosa. Es donde se conjugan finalmente lo hortera y lo elegante, lo erótico y lo porno, lo histórico y lo mamotrético.
Sucede en las secuencias del barco-burdel y la matanza en las escaleras, contadas casi como un sueño, con la pulsión dramática que se echa en falta en otros momentos.


En cualquier caso, la clave de la expresividad está en el diseño de producción del gran Danilo Donati.
Como todo lo que decoró y vistió, sus locas ideas y sus complejísimos decorados supusieron un paso adelante en la dirección artística del cine europeo.
Muchas evocaciones posteriores de la Roma imperial se han dejado influir notablemente por su escenografía de "Calígula".


Los actores han mantenido una relación irregular con lo vivido y sufrido durante la película.
Los venerables John Gielgud y Peter O'Toole aseguraron que desconocían que se estaban rodando secuencias sexuales.


Malcolm McDowell también renegaría de "Calígula", alegando que se había sentido prácticamente violado.


Años más tarde, se decidía a colaborar en la edición definitiva en DVD, comentando que no se arrepiente de haber participado en ella.
Y no debería arrepentirse. Su interpretación, llena de energía e inquietud, fue otra prueba de su valentía como actor.


Helen Mirren ha sido la única intérprete del reparto que ha expresado benevolencia hacia "Calígula".
"Es una mezcla irresistible de arte y genitales", asegura, entre risas.


Vista en retrospectiva, "Calígula" lleva el sello de una década.
Los años setenta vivieron el florecimiento del cine erótico y pornográfico, punto y contrapunto de la liberación sexual.


En la era de "El Último Tango en París", "El Imperio de los Sentidos" y "The Devils", esta obra era el paso más allá.
El colosal y fracasado intento de hacer una superproducción taquillera, al estilo Hollywood pero con cojones europeos.


El problema residió en las decisiones de Guccione.
Que impusiera imágenes de felaciones y folleteos entre decapitaciones, violaciones y torturas es lo que hizo de "Calígula" una experiencia sadomasoquista.
El público no estaba preparado para ese martirio. Quizá todavía no lo esté.


"Calígula" puede verse como un experimento, un riesgo, un desafío contra la corrección política.
Es decir, todo eso que se echa de menos en el cine de hoy, tan atontado y repetitivo.


En los años de "Calígula", se comprometía al público, se le ponía contra las cuerdas, se le contaba algo que no sabía o no quería saber.
Y sucedía dentro de películas extraordinariamente populares, que robaron inocencias generacionales y marcaron época.


De todo ese batiburrillo de cine escandaloso, se extrajo tanto oro cinematográfico como mierda explotativa.
Y "Calígula" es precisamente una buena combinación de oro y mierda.

Wednesday, December 14, 2011

La Voz de Dorothy Kilgallen


Como buena periodista, Dorothy Kilgallen fue impertinente, se prefería aguerrida y jamás reveló sus fuentes.
En 1965, apareció muerta en su casa, horas después de su última intervención televisiva.


El forense escribiría en el informe definitivo que no había causa concluyente para el fallecimiento de Dorothy.
El misterio fue instantáneo y sería duradero. ¿Qué ocurrió aquella noche? ¿A quién había irritado Dorothy Kilgallen?


En los años treinta, Dorothy ya era insumergible.
Su padre era periodista en nómina para el grupo Hearst, y ella seguía sus pasos con decisión.
En 1936, Dorothy Kilgallen participaba en una competición de reporteros. Consistía en recorrer el mundo en tiempo récord, ejerciendo labores de corresponsalía.


Dorothy alcanzó el segundo lugar, pero quedaría para la Historia como la primera mujer en acometer la hazaña.
Eleanor Roosevelt no tardaría en convocarla para darle personalmente la enhorabuena.


Hacia 1938, Dorothy recibió la autoría de la columna que la haría famosa.
Se llamaba "The Broadway Voice", que recogía cotilleos sobre el show-business y detalles sobre los famosos que recalaban en Nueva York.
A partir de 1945, desde su lujosa casa de cinco pisos, Dorothy compaginó sus crónicas periodísticas con un programa de radio, copresentado con su marido, Dick Kollman.


En 1950, Dorothy Kilgallen se convertía en celebridad nacional, gracias a su participación fija como panelista en el concurso televisivo "What's My Line?".


Este adorable y durabilísimo programa de preguntas y respuestas tenía una sección especialmente glamourosa.


Los panelistas se enmascaraban y debían adivinar la identidad de un famoso invitado, que respondía a sus preguntas con graciosas voces impostadas.
Todo el estrellato de Hollywood pasó por "What's My Line?".


En el programa, Dorothy llamó la atención desde el primer momento, por su seriedad, inteligencia y elegancia profesional.
Por aquel entonces, los espectadores no habían visto muchas damas como ella en la pantalla.


No obstante, cuentan sus compañeros que la sabelotodo Dorothy parecía más empeñada en adivinar las respuestas correctas que dedicada a entretener a la audiencia, principal objetivo del resto del equipo.
Además, era chica del sensacionalista y muy temido grupo Hearst.


Dorothy tenía la dudosa costumbre de insinuar en su columna todo lo que se decía en los camerinos del programa.
Al parecer, era mucho.


Sin embargo, las mayores polémicas que vivió Dorothy Kilgallen sucedieron cuando sus crónicas se inmiscuyeron en los escándalos judiciales y políticos más sonados de su época.


La Kilgallen se hizo voz periodística a tener en cuenta tras cubrir el juicio que condenó al Dr. Sam Shepard por el asesinato de su mujer.


Dorothy publicó que el juez había dado su opinión sobre la culpabilidad del doctor, mucho antes de ver testimonios o evidencias al respecto.
Las pesquisas de Dorothy permitieron que Shepard tuviera la oportunidad de un segundo proceso.
Se probaría su inocencia y, además, sería la inspiración evidente para "El Fugitivo".


No fue nada comparado con lo asistido durante los días posteriores al asesinato de Kennedy. Una desolada Dorothy acudía rauda y veloz a entrevistar a los involucrados en lo sucedido.
Fue la única periodista que pudo entrevistar a solas a Jack Ruby, el hombre que disparó a Lee Harvey Oswald, principal sospechoso de la muerte de Kennedy.


Con la entrevista de Ruby y otros filtrados documentos, Dorothy Kilgallen fue la primera voz en insinuar que se estaba barriendo el asunto JFK bajo la alfombra.
Las confesiones de Jack Ruby se imprimieron en varios periódicos alrededor del país.


El FBI llevaba investigando a Dorothy Kilgallen desde el principio de su carrera y, en más de una ocasión, le habían pedido, sin éxito, que revelase sus fuentes.
Ella se mantuvo en sus trece e inició una fuerte crítica contra las agencias gubernamentales, desatando las iras de J. Edgar Hoover, el mandamás del FBI.


En su momento, fue la primera en asegurar que la CIA había contactado con la Mafia para acabar con Fidel Castro, cuestión que, más tarde, se probaría históricamente cierta.


El 8 de noviembre de 1965, Dorothy acudía a su cita inexcusable con "What's My Line?". Nadie podía precedir que sería su última noche.
Horas más tarde, Dorothy Kilgallen moría en el tercer piso de su casa, por lo que parecía una combinación fatal de alcohol y barbitúricos.


Todo apuntaba a la sobredosis accidental, pero los informes del forense nunca fueron cristalinos al respecto.
Dorothy se despedía de la vida con 52 años.


Incongruencias en la escena y la desaparición de las notas de una novela que Dorothy estaba escribiendo redondean la extrañeza.
Los que apoyan la hipótesis de que Dorothy fue asesinada para silenciarla apuntan a los datos que conocía sobre el asunto Kennedy y pretendía revelar en exclusiva.


La presunta conspiración que acabó con el presidente habría sido también la culpable de callar para siempre a Dorothy Kilgallen.
Se ha señalado como pieza básica de la intriga a Ron Pataky, un espía de la CIA, que se hizo confidente y, probablemente, amante de Dorothy.


Biografías y artículos han sido necesarios para entender la figura de la Kilgallen, una mujer que suscita opiniones encontradas.


Por un lado, era otra cotilla más, al servicio del reaccionario magnate de la prensa William Randolph Hearst.


Por otro, una valiente informadora. Y, sobre todo, un ave distinta en aquellos años cincuenta, donde la abrumadora mayoría de las mujeres no conocía mayor emoción que el sonido de sus electrodomésticos.


¿Víctima de sus tiempos? ¿Ingenua bocazas? ¿Mártir de la veracidad?
Quizá ignoró que las mayores verdades sólo pueden contarse en cuchicheos de salón y pequeñas leyendas, lejos de las rotativas, asegurando la impunidad del poder.
Como si el mundo debiera llevar un eterno antifaz.


La muerte de Dorothy quedaría precisamente como otro de esos hechos enmascarados, que viven en los terrenos de la presunción y las dudas razonables.


Calculado asesinato o simple accidente, no hay duda de que Dorothy Kilgallen hubiese sido la primera en esclarecer lo sucedido aquella noche.