Showing posts with label Memorabilia. Show all posts
Showing posts with label Memorabilia. Show all posts

Wednesday, December 28, 2011

Notas del Musical


Define la naturaleza ensoñada del séptimo arte a la perfección.
El musical cinematográfico es el género de las canciones, el baile y la dramatización en imágenes del idealismo sentimental.


Las proyecciones de cine mudo solían acompañarse de instrumentos tocados en las salas, para animar las imágenes y propiciar momentos de tensión.


Pero fueron los talkies los que construyeron el musical en sentido estricto. El género vivía un furor instántaneo, apoyado por las circunstancias históricas.


Con la mirada puesta en Broadway, se diseñaron los primeros y rudimentarios musicales, donde las crepitantes voces entonaban las melodías favoritas de aquellos años.


"Broadway Melody of 1929" ganó el Oscar a la mejor película, sin mayor mérito que consagrar la distracción con canciones como la nueva especialidad de Hollywood.
No había duda que el musical era su nuevo atributo de Imperio.


La Depresión y la Segunda Guerra Mundial fueron los escenarios donde se gestó y creció este tipo de espectáculo, hasta afianzarse como género infaltable.
Busby Berkeley y las comedias de Fred Astaire y Ginger Rogers fueron los mejores arrullos de la crisis sobrevenida tras el crack de 1929.


Unos y otros utilizaban argumentos más o menos atrevidos como excusa para números virtuosos, donde la danza y la música se encontraban.
Combinada con imágenes idílicas y sexys, la secuencia musical provocaba una mareante sensación, entre el placer de lo perfecto y el escapismo de lo inverosímil.


Durante los años cuarenta, el musical se interesó por consolidarse como género genuinamente americano.
Así, rebajó el nivel de extravagancia y apostó por el personaje inocentón que ve cumplido todos sus sueños.


Sirvan como ejemplos la Judy Garland de "El Mago de Oz" o el James Cagney de "Yankee Doodle Dandy".


No se terminaría la década sin que la Metro Goldwyn-Mayer se confirmase como el estudio virtuoso en estas lides, gracias al productor Arthur Freed.


Freed sería quien descubriera a Vincente Minnelli, consagrado gracias a "Cita en San Luis", y al tándem Gene Kelly y Stanley Donen, que sacaron el musical a la calle por primera vez en "On The Town".


Esos nombres serían los responsables de los dos títulos capitales del género.


"Cantando Bajo la Lluvia", que viajaba al origen mismo del cine sonoro, y "The Band Wagon", que rendía homenaje a papá Broadway.
Ambas son las más exquisitas estilizaciones de la producción musicada, tal y como se entendía en el cine clásico.


Los musicales químicamente puros convivieron desde el principio con otros títulos, que también incorporaban canciones a sus argumentos.


Esta vez, como entremés más que como reclamo principal. Es el caso de las películas de los hermanos Marx o los títulos Disney.


La integración de los números en su acción argumental ha sido el principal desafío del musical. También podría explicar que no se trate de un género diseñado para mentes excesivamente racionales.


No es sólo una invitación a la danza, sino también al disfraz, a la digresión, a lo improbable.
Los personajes se detienen, adoptan expresión romántica y se ponen a cantar afinadamente para luego marcarse unos pasos de baile apoteósicos.


El musical resumía la voluntad hollywoodiense de aislar y sedar a su público.
En muchas ocasiones, también era síntesis de su kitsch, entendiendo por refinamiento lo que era puro almidón.


Con la pérdida de la inocencia, llegó la desconfianza ante paraísos tan evidentes.
Una época tan mutante como los años sesenta vería la agónica caída del género del canturreo y la campiña.


Títulos como "West Side Story", "My Fair Lady" o "The Sound Of Music" fueron grandes taquillazos, pero no fue suficiente para asegurar la supervivencia de un estilo que se desfasaba.
Sucedía al son de costosas debacles como "Doctor Doolittle", "Darling Lili" o "Hello, Dolly!".


Eran musicales carísimos y sobreproducidos, con metrajes opresivos frente a espectadores aburridos de muerte.
Hollywood acabaría por enterrar al cine musical, quizá el género al que más pavor le tiene.


Pero el musical nunca ha muerto. Sólo la vieja manera de entenderlo.
Sus éxitos en los años setenta vivieron en consonancia con los tiempos.


Cuando la nota que entone recibe una respuesta, ahí hay un título que hace ganar dinero con canciones y meneos.
Las retrófilas "Grease" y "The Rocky Horror Picture Show" abrían las puertas para el musical concebido como un popurrí de aires juveniles e incluso contraculturales.


Desde entonces, el musical navega entre sus deudas con los títulos de Broadway y los sing-alongs del momento.
En este último grupo, se distinguen inesperados hits ochenteros como "Fama", "Footloose" o "Dirty Dancing".


Sería el cambio de siglo, con su reivindicación por lo oldie quien reafirmara la vuelta del musical, La punta de lanza fue "Moulin Rouge!".
Es quien iniciaría la corriente del "musical gramola", donde se recuperan canciones ya conocidas para ser reutilizadas con valor camp.


Desde sus inicios, no ha habido mejor aliado para la industria discográfica que una película musical, y viceversa.
Cuando un musical triunfa, es un negocio redondo para unos y otros.


Cuando fracasa, suele provocar más ruido que cualquier otra película. Son especialmente caras y, si no son divinas, resultan directamente ridículas.


¿Sueños del mundo o glorificadas cursilerías? Los amantes del musical somos muchos y valientes. Y siempre queremos más.


Shall we dance?

Tuesday, December 20, 2011

Polémica y Genitalia de "Calígula"


Se la coloca en los anales de la infamia cinematográfica, pese a que su impacto y capacidad de influencia hayan sido irrebatibles.
Hablar de "Calígula" es recordar una obra altamente controvertida, cuyo monumental derrumbe aún hace temblar a sus responsables.


En 1979, rodeada de expectación, vestida de carísima extravagancia, "Calígula" llegaba para romper tabúes fílmicos.
Se hacía posible que una película protagonizada por actores de renombre no dejara nada a la imaginación.
El resultado fue una superproducción pornográfica, donde la historia del emperador romano se contó con decadentismo e imágenes de sexo y violencia.


Detrás, se encontraba Bob Guccione, el fundador del emporio "Penthouse".


Guccione decidió comprar el guión de Gore Vidal, con la condición de que la biografía del emperador fuera lujosa, obscena y bien llena de tetas.
Tinto Brass fue su director elegido.


Los problemas comenzaron con la espantada de Vidal.
El guionista exigía judicialmente que se le desvinculara del proyecto, escaldado por el pésimo resultado de la adaptación de su novela "Myra Breckinridge".


Cebado de millones provenientes de la fortuna personal de Guccione, el larguísimo rodaje se vivió a puerta cerrada.
En el set, los conflictos entre el pornógrafo Guccione y el erotómano Brass resumieron la falta de rumbo desde el primer día.


El productor terminaría por robarle la película al director.
Guccione filmó unas escenas de sexo explícito ajenas al argumento y montó el resultado sin el consentimiento de Brass.
Éste se apresuraba a exigir que su nombre no apareciese en créditos.


El estreno, dos años después del fin del rodaje, despertó una curiosidad inmediata, pero no evitó que semejante coloso fuera un fracaso comercial.
La película independiente más cara realizada hasta entonces, "Calígula" no pudo amortizar su insensato presupuesto.
Aún así, batió récords de asistencia en las salas que se atrevieron a proyectarla.


Reeditada mil veces, censurada otras tantas, prohibida en algunos países, "Calígula" fue odiada y vilipendiada casi de manera únanime.
El público se debatía entre el desconcierto y el asco.
La más famosa reacción fue la del crítico Roger Ebert. Se marchó de la proyección antes del final, para luego escribir que aquello era "una basura vergonzosa y enferma".


"Calígula" cuenta los sanguinarios días del emperador Gayo César Germánico.
Se ilustra al emperador como un niñato incestuoso y sádico, que convierte la corte en su perverso patio de juegos.


Conseguir el poder acelerará su locura, nombrando cónsul a su amado caballo y dedicándose a ridiculizar, martirizar y ejecutar sin ton ni son, sin más rumbo que el placer.
El palacio devenido en burdel sería su lamentable legado, justo cuando se cocía una conjura que terminaría por ajusticiarlo.


Que Calígula fuera ese señor tan malvado es un asunto de franca discusión histórica. Las crónicas que recogen sus brutalidades pudieron ser mala prensa, ideada por sus adversarios.
Además, la visión de Roma como un putiferio sin reglas es equivocada, fruto de esa indocumentada visión de que el sentido del escándalo y las leyes de la moral fueron cosa del cristianismo.


En cualquier caso, el guión de Gore Vidal expresaba el devastador efecto de la divinización propia y asistida de un hombre.
Pero Guccione no lo entendió demasiado bien.
Como dijo Tinto Brass, "Guccione ha confundido la orgía del poder con el poder de la orgía".


A pesar de todo lo que hemos visto, "Calígula" sigue manteniendo su impacto a todos los niveles.
Es una película notoriamente errática, esporádicamente insoportable, absolutamente fascinante.
Un desastre con un toque de gloria, como si fuera el mismo Imperio que retrata.


La película llega a inmiscuirse en unas escenas de vileza que terminan por hacerla más deprimente que erótica.
Muy dura es la repetida humillación de Proculus, violado y martirizado por el emperador, simplemente por ser bueno y leal.


Trae la imagen de la indefensión frente un poder arbitrario, sanguinario e inapelable.
Esas secuencias resumen la naturaleza aberrante, casi vomitiva de "Calígula", y también su distinción.
Para bien o para mal, es una película inolvidable.


"Calígula" se mueve irregular y suele caer en el tedio.
Pero su última parte es maravillosa. Es donde se conjugan finalmente lo hortera y lo elegante, lo erótico y lo porno, lo histórico y lo mamotrético.
Sucede en las secuencias del barco-burdel y la matanza en las escaleras, contadas casi como un sueño, con la pulsión dramática que se echa en falta en otros momentos.


En cualquier caso, la clave de la expresividad está en el diseño de producción del gran Danilo Donati.
Como todo lo que decoró y vistió, sus locas ideas y sus complejísimos decorados supusieron un paso adelante en la dirección artística del cine europeo.
Muchas evocaciones posteriores de la Roma imperial se han dejado influir notablemente por su escenografía de "Calígula".


Los actores han mantenido una relación irregular con lo vivido y sufrido durante la película.
Los venerables John Gielgud y Peter O'Toole aseguraron que desconocían que se estaban rodando secuencias sexuales.


Malcolm McDowell también renegaría de "Calígula", alegando que se había sentido prácticamente violado.


Años más tarde, se decidía a colaborar en la edición definitiva en DVD, comentando que no se arrepiente de haber participado en ella.
Y no debería arrepentirse. Su interpretación, llena de energía e inquietud, fue otra prueba de su valentía como actor.


Helen Mirren ha sido la única intérprete del reparto que ha expresado benevolencia hacia "Calígula".
"Es una mezcla irresistible de arte y genitales", asegura, entre risas.


Vista en retrospectiva, "Calígula" lleva el sello de una década.
Los años setenta vivieron el florecimiento del cine erótico y pornográfico, punto y contrapunto de la liberación sexual.


En la era de "El Último Tango en París", "El Imperio de los Sentidos" y "The Devils", esta obra era el paso más allá.
El colosal y fracasado intento de hacer una superproducción taquillera, al estilo Hollywood pero con cojones europeos.


El problema residió en las decisiones de Guccione.
Que impusiera imágenes de felaciones y folleteos entre decapitaciones, violaciones y torturas es lo que hizo de "Calígula" una experiencia sadomasoquista.
El público no estaba preparado para ese martirio. Quizá todavía no lo esté.


"Calígula" puede verse como un experimento, un riesgo, un desafío contra la corrección política.
Es decir, todo eso que se echa de menos en el cine de hoy, tan atontado y repetitivo.


En los años de "Calígula", se comprometía al público, se le ponía contra las cuerdas, se le contaba algo que no sabía o no quería saber.
Y sucedía dentro de películas extraordinariamente populares, que robaron inocencias generacionales y marcaron época.


De todo ese batiburrillo de cine escandaloso, se extrajo tanto oro cinematográfico como mierda explotativa.
Y "Calígula" es precisamente una buena combinación de oro y mierda.